Hay encuentros en la vida que lo cambian todo. No hablamos aquí de amores a primera vista, flechazos made in Hollywood, o encuentros maestro y discípulo que disparan un sinfín de aventuras espirituales. No señor. No señora. No señores. Este encuentro es más mundano y, si no fuera por lo que siguió a continuación, tal vez se hubiese pasado por alto. Resulta que Carlos Lascano era zapatero desde los 13 años. Llevaba el zapato en la sangre, triangulado cual cordón en su cromosoma de niño zapatero. Trabajaba en una fábrica de calzado llamada Chiaramonte. El trabajo era estable, pero un plomo: pegar y ensamblar un sinfín de botas militares. Cuadradas, resplandecientes, burocráticas, las botas militares eran una patada en la ingle de la creatividad. Pero Lascano cada mes metía el sueldo en el bolsillo y parecía que en eso se iría toda su vida. Hasta que llegó, claro, el famoso encuentro. Un día, se encontró con un polista talentoso e ilustre hoy mánager del equipo internacional Las Monjitas, Guillermo Fernández Llanos. Fernández Llanos tenía un negocio de ropa que incluía calzados de cuero llamado El Palenque.

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